mujer que lloraba en la puerta de un edificio
Últimamente me persigue muy seguido una situación que viví hace ya un tiempo. Me había escapado un rato del trabajo y caminaba por calle Lavalle buscando un locutorio desde donde hacer unas llamadas telefónicas.
Llegando casi a la esquina, en la puerta de un edificio y sentada en el escalón de la entrada al mismo veo una mujer llorando. Calculo que tenía entre 30 y 35 años. Lloraba calladamente, pero las lágrimas caían rápidamente al piso sin pausa. Primero por la mejilla izquierda, luego otra por la derecha.
Con la velocidad que llevaba tardé unos instantes en percibir lo que pasaba. Unos metros más adelante me hice la pregunta que ahora creo no voy a poder sacar nunca de mi cabeza:
- ¿Debería volver y preguntale qué le pasa, si necesita ayuda?
Decidí seguir y, de vuelta, si la mujer seguía ahí me acercaría a ver si podía ayudarla. Luego de hacer las llamadas, volví por la misma vereda por la que había ido y al acercarme al edificio, desde lejos pude verla, todavía sentada allí. Empecé a preguntarme:
- ¿Y si no debiera meterme?
- ¿Y si reacciona mal?
- ¿Y si no se qué preguntarle y mi presencia la hace sentir peor?
Seguí caminando. Al pasar a su lado la miré, me miró en ese momento. Sin el valor suficiente seguí mi camino, pero me detuve a los 10 metros sin saber qué hacer. Se me repitieron nuevamente todas las preguntas que me había hecho, pero en una estampillada mental. Decidí no hacer nada y seguir mi camino, casi asustado.
Cómo quisiera haber tenido la valentía de parar y haberle preguntado qué le pasaba o si podía ayudarla. Si hubiera reaccionado mal la hubiera mandado a la mierda (sin decirle nada, por supuesto), hubiera perdido 20 segundos y me hubiera olvidado para siempre del tema. O lo recordaría como la gordita loca esa que me sacó cagando cuando le pregunté qué le pasaba.
En cambio ahora, no me voy a olvidar nunca más de esos ojos en catarata y el llanto que no se oía. Jamás sacaré de mi mente la idea de que quizás una simple pregunta la hubiera ayudado en ese momento. Quizás necesitaba algo que yo hubiera podido ofrecerle. Es así, el recuerdo me asalta cada tanto y refresca que fui un cobarde y se que nunca dejará de hacerlo. Cada tanto vendrá y veré las imágenes y reviviré lo que acá les estoy relatando.
Cómo quisiera haber parado y con la voz temblorosa que me sale cuando estoy nervioso haber dicho:
- ¿Disculpame, ¿estás bien? ¿puedo ayudarte en algo?
Dedicado a vos, donde quiera que estés ahora.
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